Conocí a Esteban Valdivieso en los camerinos del teatro Isabel la Católica poco antes de que comenzara el recital que dieron los guerreros de la vieja guardia en el certamen Abril para Vivir de hace algunos años. Junto a él estaban sus amigos de toda la vida, Enrique Moratalla, Nande Ferrer, Elodia Campra, Juan de Loxa y varios de los herederos de acordes, notas e historias, como Fran Fernández o Fede Comín. Recuerdo la imagen nítida en mi memoria. Como una intrusa entré despacio buscando a aquellos que deberían orientarme a lo largo de un camino que había comenzado a andar. Quería conocer a fondo la historia de Manifiesto Canción del Sur. Quería admirar algo más a aquellas personas de las que había oído hablar. Esos valientes de los que quedan pocos, esos luchadores por la libertad en época de tempestades. Con un marco de espejos de cristales, Esteban cogió la guitarra y sin decir nada, montó un sarao impresionante. Los demás cantaban junto a él y yo, gracias a la música, fui venciendo la timidez inicial para entrar en un mundo que se me abría. Un mundo infinito en el que entré gracias a ellos.
Luego empezamos a quedar, y no solo con él, sino con todos los demás. Personas amables y queridas que se hacían respetar y al mismo tiempo te tendían la mano en un alarde de amistad y sinceridad. Miguel Ángel González me contó historias de la vieja guardia, de maleteros de coches y huídas de conciertos, de lo que es echar de menos a un compañero. Y a Esteban le recuerdo caminando por la calle San Antón, con la sonrisa en la cara y una bolsa colgada del hombro. Tomando café en la tetería de esta calle y sacando de la bolsa sin fondo plásticos con papeles, algunos amarillos y otros no tanto, con noticias de Manifiesto. Comentando, al principio como periodista y luego como amiga, las trastadas del pequeño Luis, que cada vez estaba más grande y que quería aprender a nadar, y los futuros conciertos. Lupe, su mujer y una gran amiga, profesora de periodismo, también quiso abrirme las puertas de su casa y las historias que quedaban por contar.
Cuando me fui a Ceuta, porque mi vida laboral así lo quiso, una de las primeras cosas que hice fue llamarles a ellos. A Esteban y a Lupe, porque eran amigos, y a los amigos hay que informarles, una noción más de ese códico secreto e inexpugnable de la vida. No sé que me encontraré allí, les dije, no creo que haya garitos como La Tertulia donde estaba acostumbrada a pasar parte de mis fines de semana. Antes de irme me invitaron a tomarme unas cañas. Y así estuve, hablando con Esteban durante un tiempo. Me comentó que seguramente no habría cosas por allí, pero que cuando quisiera, Granada estaba esperándome. Fuimos a un bar de un amigo suyo, y allí telefoneamos a Lupe, que desde Barcelona me deseó suerte para este nuevo camino. La misma que quiso para mí cuando les llamé desde la Ciudad Autónoma para decirles que venía a trabajar a Almería y que podíamos retomar ese trabajo que empezamos con la futura y deseada edición de mi ‘Que te conozco bien, andaluz’, ese proyecto sobre Manifiesto.
Ayer la Zubia quiso rendirle homenaje. Todos sus amigos estuvieron presentes, los de cerca, los de lejos… un manto de apoyo y tranquilidad rodeaba a Lupe que volvió a ver, a lo lejos, a Esteban. Porque ayer estaba él en el aire, no en el humo, de una Granada que a veces se sigue despertando aletargada porque le duele la memoria.
miércoles, 6 de agosto de 2008
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1 comentario:
Hay personas que no llegan a irse nunca, que siguen dentro de nosotros, tomándose un té en nuestro recuerdo, apoyados en el corazón, con una cortina de ilusión de fondo, la que dejaron en nosotros, mientras un halo de humo de sueños sale de su boca en forma de canción...
Qué bonito contar con ese recuerdo por haber compartido unos pasos en la vida..que regalo...
Besines y abrazo preciosa!!
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