martes, 23 de septiembre de 2008

Galicia, Galicia


Plaza del Obradoiro. El punto de llegada para todo peregrino. Aunque de pasada, está bien detenerse a descansar. Un viaje que termina, una estela que comienza a despuntarse. A veces hay silencios que valen más que mil palabras y en medio de ellos aparece siempre esa nostalgia. Creo que en ocasiones mi cabeza ha actuado por su cuenta. Pero esta vez fue diferente. Ese pequeño cerebro que me late en el pecho cada vez que quiero pero no puedo de calló. Anestesiado, a lo mejor, por las emociones gallegas. Parece que fue ayer cuando, con el equipaje en la mano, emprendíamos el camino de ida por la Vía de la Plata que como nos comentó Jose (esta te la guardo, amigo) era más bonita pero mucho más larga. 17 horas de viaje para llegar a esa tierra soñada por mí que visité por última vez con mi tía cuando yo tenía algo más de 15 años. Por eso recordaba poco. Algo del poblado de los Castros e incluso la tienda de Tintín al lado del Mercado de la Piedra de Vigo. Unas calles por las que volvimos a pasar. Pero esta vez fue algo distinto. Ese faro del que hablan los marineros y que enmudece a las sirenas volvió a iluminarse a medio camino entre la Ría de Vigo y la de Pontevedra. Qué vamos a hacerle, como dice Pablo Moro, son cosas que pasan. Creo que a veces deberíamos hacer más caso a algunas canciones. Podría rellenar millones de páginas con esas experiencias, con esos momentos, con esa Estrella Polar que se levantó pasadas las siete de la mañana en el Muelle del Puerto de Vigo. Pero no. Volver la vista atrás no es bueno. ni para mí ni para nadie. Y ahora hay que pensar que aquello que vino se quedó o que voló pero que siempre estará. Y muchas gracias por estar, por dejarme quedarme, por querer regalar esa pequeña luz. Por alejarme de la rutina de las mañanas y las tardes. Galicia es un inmenso paraje de silencios, de verdes y de ruidos. Ruidos que aquí no se escuchan, que no llegan o que quedan pendientes. Pero ruidos al fin y al cabo. Necesitaría mucho espacio para contar todo aquello. Las lágrimas contenidas, los "pero si tú nunca lloras" que tuve que escuchar de mis compañeras. No quiero que nadie me pregunte qué pasa, porque sé que nunca sabré responderle bien. O al menos de manera coherente. Mientras tanto, chove en Santiago... qué vamos a hacerle.

2 comentarios:

Dibújame una sonrisa... dijo...

No tienen que preguntarte..quien ha vivido la magia de las meigas (o de las xanas) lo entiende sin más...
Deja..deja que corran las lágrimas..son las que más nos entienden..las más sinceras..la que mejor nos hacen sentir..déjalas correr...las lágrimas que caen sobre esa plaza van directas al cielo..
Besines!!
PD:Mi rincón te ha echado de menos princesita..ya nos pondremos al día juntas en otro rincón con té..

Pepita Grillada dijo...

...Y dejó una estela de luz la estrella polar en tu interior...