miércoles, 9 de julio de 2008


Una de las cosas más bonitas que he visto nunca.
Atardecer en la playa de Torrenueva, cerca de la Iglesia de la Virgen del Carmen.
Recuerdos de una infancia transcurrida bajo un chambao, de la mano de la familia, sin saber qué es lo que deparaba la vida. Peleas continuas y miles de risas con mis primos Juan y Guille, Carletes y Jose, y saber que más o menos teníamos la misma edad, y similares inquietudes que no pasaban más allá del Colacao con magdalenas de las seis de la tarde.
Un abuelo de gran bigote blanco, que se le erizaba al enfadarse, al que extraño y con el que pasé algunos de los mejores momentos de mi vida. Que me enseñó a subir en bicicleta y a pasar el rastrillo. A no tener miedo al mar, y a desafiar a la bandera roja. Y que decidió, cuando el sol se puso en su vida, quedarse mirando siempre ese mar torreño.
Ahora ya nada es como antes. Torrenueva ha cambiado, al igual que el mundo. Ha cambiado los ojos de la gente. Ahora el paseo marítimo ya no tiene niños jugando en la calle, y en caso de tenerlos, gritan e insultan cuando se les escapa el balón y golpean a algún paseante incauto. Han asfaltado el camino, dejando de lado los recuerdos. Pero aproximadamente a las nueve de la noche, el sol sigue cayendo.

1 comentario:

Dibújame una sonrisa... dijo...

¿Y sabes por qué? porque las cosas realmente importantes nunca cambian! al menos en el corazón de los recuerdos..
Y esos..no te los pueden robar!

Besines!